La revuelta y la nieve de Dionisio González

El Pozo/Pozu Santa Bárbara llevaba décadas abandonado. Desde 1995 un capítulo de la historia de Turón y la cuenca minera del Caudal se cerró para siempre. Lo que quedó fue una infraestructura en silencio, sepultada en las nieves del tiempo.

Hoy, ese espacio es el primer pozo minero declarado BIC —Bien de Interés Cultural— en España. Alberga el Centro de Intervenciones Artísticas PZSB, que lo convierte en una de las apuestas más singulares de todo el panorama cultural asturiano. Considero importante aclarar que al haber sido mina, cada exposición que acoge carga con ese peso, quiera o no. El contexto no es un decorado; no es neutro: es argumento. Es esta condición la que, además de otorgarles una ventaja, también les exige no ser indiferentes a la ubicación.

La revuelta y la nieve, del gijonés Dionisio González, entiende bien ambas cuestiones. La exposición, producida expresamente para el PZSB y comisariada por L.E.V. —Laboratorio de Electrónica Visual—, propone repensar la minería asturiana desde cuatro categorías entrelazadas: dimensiones geológicas y simbólicas, estratos de carbón, trabajo y memoria colectiva. Para transmitir ese mensaje se utilizan como medios el documental histórico, una arquitectura imaginada —eutópica— y la evocación digital del subsuelo minero.

Se articula en tres estadios bien diferenciados. El primero, una instalación de doble pantalla que proyecta una simulación de carácter onírico y abstracto. La interpretación visual y sonora de galerías subterráneas como espacios explorados para guardar nuevos centros de datos. Esa es la encargada de dar la bienvenida al visitante.

Dionisio González, La revuelta y la nieve, 2026. PZSB, Mieres. Fotografía: Cultura Utópica.
Simulación del subsuelo: primer estadio de la exposición.

El segundo, la proyección de un documental titulado La revuelta y la nieve: Camus y la Cuenca Asturiana. Con aproximadamente una hora de duración, se divide en tres partes que conectan el relato histórico de la minería asturiana con el Pozo Santa Bárbara: la revolución de 1934, la Huelgona de 1962 y el cierre de la mina en el año 1995.

El tercero, y último, se aleja del registro histórico para aventurarse en lo especulativo. Una serie de maquetas construidas y fotografiadas proponen imaginar cómo hubiera sido una arquitectura obrera nacida del oficio minero. La llamada suburbia eutópica —del buen lugar— prolongaría la mina en la vivienda.

Dionisio González, La revuelta y la nieve, 2026. PZSB, Mieres. Fotografía: Cultura Utópica.
Maqueta de suburbia eutópica.

En este área de la exposición se echa en falta una mayor visibilidad del autor. No existe en ningún momento un anclaje que permita confrontar su visión con la interpretación del visitante. Sus influencias, su intencionalidad, los procesos creativos que le han llevado a construir esas edificaciones y no otras, nada de eso se manifiesta. El espectador queda solo frente a las piezas, sin más herramientas que su propia intuición y conocimiento para elaborar su opinión.

Los techos negros —de lo que entiendo es pizarra— como representación del carbón es el único elemento que encuentro identificable con la temática de la exposición. Los enormes ventanales, al convertir la vivienda en un espacio con la máxima luminosidad posible, chocan directamente con la idea de oscuridad propia de un pozo minero. La ubicación de los módulos, pese a ser sólo creaciones conceptuales, refleja una contradicción directa con lo que se supone que es el oficio del minero. La idea de unión, de comunidad, es sustituida por un aislacionismo idílico que —aprovechando el monte y la costa asturiana— reproduce las dinámicas alienantes que precisamente la minería asturiana hubo de combatir.

Por último, debo reconocer mi capacidad limitada para ejercer una crítica profunda sobre el diseño de las estructuras y sus geometrías. No obstante, considero oportuno señalar que varias propuestas presentaban una estética más asociada a las profundidades submarinas que a las subterráneas.

Dionisio González, La revuelta y la nieve, 2026. PZSB, Mieres. Fotografía: Cultura Utópica.
Construcciones imaginadas, proyectadas sobre paisaje montañoso.

Sin duda, la pieza más ambiciosa de la exposición es el documental. Pero también la más problemática. A lo largo de las tres partes, el relato que se construye es el del minero asturiano como figura de resistencia: el obrero que se sacrifica por el bien común, que lucha contra la injusticia. Su comparación con la figura de Sísifo no es en vano. Pero resulta incompleta.

No se está haciendo aquí una acusación de falsedad. Los mineros protagonizaron episodios bien documentados de auténtica valentía y merecen un gran respeto por ello. La cuestión es que se les convierte en héroes sin contradicción, en víctimas. La mina como ente se transforma en luz que les otorga la absolución, mientras que las sombras quedan confinadas al espacio físico como símbolo de opresión política y ontológica.

Situar su figura en el mismo plano que Sísifo ilustra esta dinámica. Mientras los primeros bajan para subir, el otro sube para bajar. Atrapados en ese ciclo invertido, se convierten en representación de una penitencia incuestionada, un esfuerzo absurdo. Pero la minería no es un castigo impuesto, es un trabajo remunerado. La diferencia es sustancial, y barre cualquier intento de otorgarle ese valor mítico.

Dionisio González, La revuelta y la nieve, 2026. PZSB, Mieres. Fotografía: Cultura Utópica.
Fotograma del documental.

Donde hay similitud, es en el esfuerzo físico. Un trabajo agotador, tanto individual como colectivo, que fragua en su extenuación un sentimiento fraternal. Ahí acierta el documental, pues sin esa estrecha camaradería no hubiera habido Revolución del 34 o Huelgona. Por desgracia, es un terreno poco explorado, al igual que el de la significación que la minería otorgó a sus trabajadores.

La frase «calentar Madrid» resume perfectamente ese orgullo identitario, ese valor ligado a la utilidad, que durante mucho tiempo anidó en los corazones de cualquier persona que tuviera relación con la mina. Pero nunca menciona el andamiaje que hizo sostenible ese trabajo: la familia, el folclore, los sindicatos. Todo ello también es parte de la identidad del minero, y también permanece sepultado bajo las nieves. El cese de la mina no sólo afectó a una forma de trabajo, sino a una forma de hacer vida. Aún hay resquicios que sobreviven, como pequeños arroyuelos previos al deshielo.

Sin embargo, cuando se habla de «extraño cuidado paliativo» —cuidar al moribundo haciéndole sentir lo mejor posible antes de que le llegue su descanso— también se está describiendo el marco discursivo de la propia exposición. Al desaparecer la mina, ¿qué nos queda?

Siguiendo la metáfora de las nieves, el derroche posterior al cierre —mencionado en el documental— fue un torrente que dejó escombros en vez de ayudar a crear un río. Para que las nieves se transformen en esas aguas de flujo continuo, para que renueven la vida de la comarca, no queda otra que confiar en el calor humano para combatirles su frío.

Me hubiera gustado ese mensaje de optimismo. En cambio, se optó por la melancolía.

Saquen sus propias conclusiones.


La revuelta y la nieve, de Dionisio González. Pozu Santa Bárbara (PZSB), Mieres. Del 14 de mayo al 16 de agosto de 2026.

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